ficciones

No quiero dormir solo (Historia #2)

Por @joshtaverita

Fuego, un gran amigo y mejor cuando enciende el humo que calienta mi interior.

– ¿Otro cigarro?- preguntó ella mientras se acomodaba el corsé.

– Uno tras otro si es necesario- contesté, estaba harto que me criticara por esto.

– Morirás joven- me aseguró.

– Esa es la idea-

Se acercó lento a mí, seductoramente moviendo su cuerpo, ampliando sutilmente el escote de su pecho. Se sentó con las piernas abiertas sobre mí y dejó que su pelo acariciara mi rostro inundándome de un perfume dulce y penetrante.

– Déjalo esta noche- acercó sus labios a los míos –por mí-

– Ya hemos hablado de esto- la tomé de la cintura bruscamente – no te pago para que me des lecciones sobre lo que hago mal en mi vida-

Quitó mi mano y se levantó molesta. Se alejó de mí haciendo todo el ruido posible con sus enormes tacones. Por un segundo creí haber herido sus sentimientos, pero una prostituta no ama a sus clientes, los complace, los calienta, los enfría, cumple los bajos deseos del hombre y llena la soledad de la persona, pero no ama a nadie más que a ella misma.

Ella no era la excepción.

Ella podía levantar la mirada de cualquier hombre. Podría tener a cualquier hombre a sus pies, cumpliendo los caprichos de una princesa gitana, podría manipular hasta al más astuto con una sola sonrisa, podría volver asesino al santo y santo al mismísimo demonio. Y lo hacia. Muchas veces la vi obligando al incauto a pagar más de la cuenta, a obsequiar joyería costosa, diamantes a granel, incluso sé que la muerte de su antiguo padrote no fue accidental.

Era malvada, caprichosa y muy hermosa. Tenía una vida llena de lujos, una cartera de clientes influyentes, ricos y poderosos, pero siempre volvía a mí. Yo no cumplía las características de sus demás amantes, no era rico, menos poderoso, sólo ofrecía la cuota convencional, la misma que cobró hace muchos años atrás la primera vez que nos vimos, cuando empezaba su carrera y la avaricia aún no corrompía su espíritu.

La conocí en una esquina, como buena prostituta inexperta se paraba tímidamente recargada sobre un poste de luz, esperando que los hombres entendieran el lenguaje corporal y se acercaran a ella. Así me atrapó. La vi demasiado inocente para la gran tarea que pretendía realizar, en sus ojos, oculto tras el maquillaje, se visualizaba el miedo. La primera vez que le hablé su voz se entre cortó, llevaba apenas unos días en el negocio, buscaba desesperadamente la protección de su jefe. El hombre de unos 40 años la vigilaba a la distancia.

Nuestra primera tarde juntos quedé cautivado por su energía, por su fuerza, era la de una mujer mayor en el cuerpo de una joven de apenas 19 años.

– ¿Qué vas a querer hoy?- me trajo de vuelta a la realidad con estas palabras.

– Lo que quieras está bien-

– Tú dime, eres el cliente, eres el que paga- contestó agresiva -¿quieres que baile? ¿Que me desvista?-

– Quiero que no estés molesta-

– No me molesto- dijo- soy una prostituta, estoy acostumbrada a los malos tratos-

– Yo jamás te trataría mal-

– Eres igual a los demás, sólo me usas como consuelo- definitivamente estaba molesta – me hablas cuando te sientes solo, lo cual ocurre muy seguido-

-Lu-

-No me digas Lu-

– Vanessa- corregí –no eres cualquier persona para mí, no eres una prostituta más y yo no soy un cliente más para ti. Los dos lo sabemos-

– Sergio, no trates de convencerme como si fuera tu novia, entre tú y yo es únicamente negocio- podía sentir su respiración en mi rostro.

– Entonces porqué tiemblas cuando te beso- y la besé, la besé con la intensidad con la que lo hice la primera vez, la besé hasta olvidar quiénes eramos, qué hacíamos ahí, hasta olvidar quién era el cliente y quién el empleado.

Desnudé su cuerpo y recorrí su contorno con mis labios. Acaricié y disfruté cada parte de su anatomía. Me hundí en su mar y dejé que me hiciera flotar.

– Hazme sentir que no soy un objeto más- me dijo con la voz entrecortada.

– Hazme sentir amado- le contesté.

Dejamos que las horas pasaran. Que la oscuridad de la noche se rompiera por el primer rayo de sol.

– ¿Te vas?- le pregunté con un nuevo cigarro en mi mano.

– Sabes que tengo que irme-

– Quédate conmigo lo que queda de la noche-

– No puedo, tengo otros compromisos que atender-

– ¿Otros clientes que ver?- ataqué.

– Sí, unos que pagan más que la cuota mínima-

– Te pago- dije desesperado- te pago lo que pidas, te doy todo lo que tengo, pero no te vayas-

– ¿Cuánto es lo que tienes?- me preguntó soberbia.

– No mucho-

– Entonces ¿qué me vas a dar?-

Nada. No tenía nada material que ofrecer. No podía ofrecer coches, joyas o casas. Tenía un trabajo mediocre de oficina, ganaba lo mínimo indispensable para subsistir, no podía ofrecer mucho. Pero podía ofrecerle algo que nadie más: amor. Podría amar a esta mujer si no es que ya lo hacía.

– Nada- contesté. Ella no buscaba amor, de amor no se vive con lujos.

– Eso pensé- terminó de vestirse en silencio mientras yo tomaba mi cartera del pantalón y sacaba el dinero para pagar por su servicio.

Cada que la veía irse sentía cómo se reinstauraba el vacío de mi pecho. Mientras se alejaba de mí a los brazos de otro hombre, yo ansiaba la oportunidad de volverla a ver.

Extendí mi mano con el dinero en ella y se lo ofrecí. Ignoró completamente mi gesto.

– Ésta vez va por la casa- dijo y salió de la habitación.

Aventé el dinero lejos de mi, me hacía sentir estúpido. Ella no quería nada de mí, ni mi dinero.

Un cigarro tras otro fui consumiendo la cajetilla, poco a poco el humo inundó el cuarto disminuyendo el oxígeno, disminuyendo mi estado de alerta. El sueño empezó a inundar mi cuerpo y lo combatí pensando en ella. Era lo único que quería pensar, era lo único que llenaba esta soledad sempiterna.

Ella había causado gran impacto en mí desde que la conocí. Deseaba intensamente hacerla feliz, cumplir todos sus caprichos y sus sueños. Quería que dejara ese trabajo y a esos hombres.

Me deje invadir por el cansancio, por la tristeza y empecé a sucumbir ante el sueño. Quería tenerla a mi lado. Entre las sábanas, que aún olían a ella, traté de contener los pedazos de mi alma para sobrevivir un día más. Traté de dormir deseando no despertar porque la verdad era que no quería estar sin ella en esa cama demasiado grande para uno. La verdad es que no quiero dormir solo.

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