ficciones

No quiero dormir solo (ficción)

Por @joshtaverita

No quiero dormir solo y a veces pienso que no hay remedio. No quiero despertar solo y creo que así será. 

El sonido de la lluvia, un cigarro y de fondo el ruido de la música electrónica eran mis acompañantes. Salí a disfrutar de mi vicio después de un par de tragos. Llevaba ya un tiempo abandonado en el lugar, los canallas a los cuales llamaba amigos me habían abandonado para compartir noche y cama con algún desconocido a pesar de que habíamos acordado permanecer juntos, pero no hay nada que hacer cuando la testosterona inunda la cabeza. Quería desde ese momento abandonar el lugar y dirigirme a mi solitaria habitación, pero la torrencial lluvia me impedía llegar a mi automóvil e incluso si lograba pasar a través de ella, la intensidad de las gotas me impediría avanzar por la ciudad.

Así que me encuentro solo, decepcionado y con frío.

Una pareja se unió a mi vicio, embriagados de alcohol y de amor que dura menos que el efecto del licor. Uno de ellos me pidió fuego, el cual le concedí dejando clara mi incomodidad con una mueca. Pareció no notarlo. Mi cigarro y mi paciencia se agotaron en el momento en que los besos se intensificaron y la mano de ella se perdía dentro del pantalón de él. La lluvia sería mejor amiga que este par de enamorados que olvidaron su pudor en la barra del bar. Para el momento que iba a avanzar el primer botón de la camisa de la mujer y un paraguas encima de mí se habían abierto. La sonrisa detrás de semejante amabilidad tenía además cara y cuerpo.

Hasta ese momento no lo había notado, lo cual demostraba la poca atención que prestaba a mi entorno, pues era poco probable que alguien de semejante estatura pasara desapercibido. Con el humo saliendo de su boca y mi mirada esforzándose por mirar algo más, me tomó del brazo y me acercó a él.

– Será difícil caminar entre la lluvia sin cubrirte, además no traes un abrigo que te proteja del frío, te puedes enfermar- traté de despejar mi mente para poder captar lo que me había dicho.

– Traigo un suéter en mi coche, no pensé que fuera a llover- alcancé a contestar.

– ¿Bromeas? Ha llovido toda la semana y el reporte del clima predijo lluvia fuerte por la tarde y por si eso no fuera suficiente, todo el día ha estado nublado- rió y mi molestia se mezcló con ansiedad. ¿Se estaba burlando de mí? Que arrogante hombre.

Sin decir nada me di la vuelta para internarme en la lluvia y una vez más tomó mi brazo y me atrajo cerca de él.

– Lo lamento- dijo – No quise ofender –

– No hay problema-

– Déjame acompañarte al coche-

– Estoy bien, no es necesario –

– Por favor- Y sus ojos me hicieron aceptar.

Caminamos por la primera cuadra en completo silencio. Estábamos muy cerca el uno del otro, el paraguas era muy pequeño para dos personas. El frío empezaba a generar temblor en mi cuerpo, el cual trataba de ocultar sin éxito. Al dar la vuelta en la segunda cuadra, mi acompañante pasó su brazo sobre mi hombro y me acercó a su calor. No dijo nada, mantuvo su seriedad y su vista al frente.

– No sé ni tu nombre – lo único que sabía es que era demasiado amable o posiblemente un asesino que engaña a sus víctimas con gestos gentiles. Empecé a generar un plan de escape.

– Christian- y ya. No preguntó el mío.

Continuamos en silencio hasta que visualicé mi automóvil, resaltaba por su llamativo color rojo.

– Ya es aquí. Gracias-

– Un placer-

– Andrés. Mi nombre es Andrés- claro, dale más información al asesino.

– Un placer Andrés – y dio la vuelta.

– ¿Cómo te irás?- ¿qué estás haciendo? No se te ocurra ofrecerte a llevarlo.

– Metro-

– ¿A esta hora?-

– Cierra a las 12-

– ¿Quieres que te lleve?- ¡pendejo!

– No es necesario, gracias- realmente esperaba que dijera que sí -pasa una buena noche- y se marchó.

Permanecí mojándome en la lluvia por unos segundos y después de entrar al coche, me mantuve viendo las gotas chocar contra el parabrisas por lo que pareció horas.

Arranqué y avancé lentamente por las calles hacia mi casa. Debía tener precaución extra por la lluvia y porque mi mente aún estaba concentrada en su sonrisa. Tres cuadras bastaron para verlo otra vez, aún caminando por la lluvia pero esta vez sin el refugio del paraguas. Me orillé unos metros adelante y bajé la ventanilla del copiloto.

– Te llevo al metro- grité demasiado fuerte.

– Está a unas cuadras-

– Me toca refugiarte de la lluvia- ¡que estupidez estás diciendo!

Lo pensó. ¡Lo pensó!

– Está bien- definitivamente si esto fuera una película criminal ya estaría muy muerto.

Se subió al coche demasiado pequeño para su estatura y se pasó la mano por el pelo desaliñado por la lluvia, salpicando pequeñas gotas en mi cara. Empezamos a avanzar.

– ¿Por qué estabas en el bar solo?- me preguntó. ¡Habló!

– Fui con unos amigos a la marcha y al bar después, pero me abandonaron porque encontraron otros amigos-

Silencio otra vez.

– ¿Por qué estabas tú solo?-

– Mis amigos se fueron con alguien más –

– Esa es mi historia- dije molesto ¿acaso se estaba burlando de mi?

– Eso no impide que también sea mi historia-

Silencio.

– ¿Y tu asombroso artefacto para cubrirte de la lluvia?- rió un poco con mi comentario.

– Se vió dañado con el viento-

Definitivamente este hombre no hablaba mucho.

No puedo con él.

El metro estaba enfrente de nosotros.

– Que pases buena noche- dijo y salió.

¡Eso fue todo! Lo vi bajando las escaleras hacia el subterráneo y mi ánimo se hundió también. Apagué el motor. No puedo. Bajé la cabeza y en el asiento vi un celular, su celular. Al alzar la cabeza lo vi regresar.

Esto me va a volver loco.

Abrió la puerta del conductor y se entró de nuevo al calor.

– Lo lamento- se disculpó – olvidé el celular y el metro al parecer está cerrado por la lluvia. Tendré que pedir un taxi.

– ¿Vives muy lejos?-

– Por la condesa- ¡perfecto me queda de paso!

– Te llevo- y sin esperar respuesta arranqué.

– ¿No te desvío mucho?-

– No, me queda de paso- y vas a la madriguera del lobo. Soy más pendejo que el hombre que escucha ruidos afuera de su casa y sale desarmado a ver si no es un ladrón.

En la condesa los bares ardían, el orgullo se celebraba en cada esquina que había. Me dirigió por las calles hacia su casa, en varias ocasiones emitió algunos comentarios sobre la gente que veía.

-¿Alguna vez has ido a la marcha?-pregunté.

– Cuando iba en la universidad. Mi mejor amiga me llevó. Quedé fascinado y asustado por los colores, el ambiente y la música. De entre la muchedumbre, un hombre que evidentemente había notado mi miedo me tomó de la mano y caminó conmigo durante todo el viaje. Esa noche fuimos a un bar y pasé la madrugada en su casa. Después de eso no volví a saber nada de él. A veces voy al bar al que me llevó ese día con la esperanza de volverlo a ver y darle las gracias por otorgarme la confianza que necesitaba para demostrar mi orgullo. Nunca lo he vuelto a ver.- al contar su historia me di cuenta de que era un hombre con sentimientos más intensos de los que demostraba. Definitivamente no era un criminal. – Mi casa es en la siguiente esquina- dijo y orillé el auto – Muchas gracias por traerme-

– ¿Hoy fuiste al bar a buscarlo?- pregunté antes de que bajara.

– Sí-

– ¿Y lo viste?-

– Sí, a lo lejos platicaba con un hombre mucho más joven que él –

– ¿Te acercaste a hablarle?-

– No, durante mucho tiempo pensé que verlo me haría sentir fuerte y seguro y hoy que por fin lo vi no sentí nada. Tal vez deba empezar a buscar esa fuerza y seguridad en mi y no en alguien más –

– Espero la encuentres- no supe que más decir.

– Buenas noches- salió del coche y por un momento pensé que de mi vida. Empezaba a aceptar la idea de que nunca más volvería a verlo cuando por imposible que pareciera, la lluvia empezó a incrementar de intensidad y un golpe en la ventana me sacó del ensueño.

– La lluvia se vuelve peor ¿por qué no te quedas esta noche? Puede ser peligroso que manejes- con su sonrisa de oreja a oreja me convenció.

El edificio era viejo pero bonito, amplio y frío. Sentía que mis huesos se congelaban.

– Vivo en el sexto piso y no hay elevador- me advirtió.

Al llegar al quinto piso, la opresión en mi pecho me impedía avanzar. Había vomitado un pulmón hacía dos pisos y hace uno mis piernas suplicaban piedad. No tenía condición para esto ni para nada, en parte era por la falta de actividad física y en parte por el consumo de 5 cigarros diarios desde los 16 años. ¡Maldito tabaquismo!

Llegué a su apartamento casi arrastrando. Traté de disimular mi cansancio pero mi respiración de perro me delató.

-¿Quieres un vaso de agua?- dijo en un tono burlón.

– Por favor- contesté entrecortado.

Su departamento era sencillo. Una sala pequeña con un televisor grande, una cocina donde apenas cabía él y un par de muebles, un comedor para dos y un cuarto para dormir.

– Bonita pantalla- realmente era demasiado llamativa por su tamaño.

– Se ve mejor el fútbol en una pantalla grande –

– ¿A qué equipo le vas?-

– Chivas-

– ¿Feliz por el campeonato?-

– Hace mucho mi equipo no me hacía tan feliz-

Traté de pensar que más decir pero mis conocimientos en la materia eran limitados.

– No eres fan del fútbol ¿cierto?-

– Sé un poco, mi papá y hermano son muy futboleros-

– Déjame traerte ropa seca- dijo mientras me ofrecía el vaso de agua.

Se internó en su habitación dejando la puerta abierta, se quitó la camisa dejando ver un tatuaje de mandala y unas cuantas cicatrices en su espalda. Una historia para otra ocasión. Regresó y me ofreció una playera y un pantalón secos. Me permitió pasar a su baño a cambiarme. El reflejo del espejo reveló el caos que había dejado la lluvia. Me arreglé lo más que pude y regresé con él. Lo encontré acomodando el sillón para dormir.

– Yo dormiré aquí, te ofrezco mi cama para que descanses – me sorprendió.

– No, yo me quedo en el sillón. No hay problema-

– Ve a dormir- dijo acercándose a mi y me dio un beso en la frente.

– No quiero dormir solo –

– ¿Por qué?-

¿Por qué?

Querría decirle que desde los quince años me sentía solo y que este sentimiento sólo había incrementado en los siguientes 10 años. Quería decirle que esta noche me sentí abandonado, triste y olvidado y que ésto cambió cuando él se ofreció a acompañarme. Quería decirle que sabía que él también se sentía solo, que él comprendía como me sentía. Quería decirle que con él no me sentía tan mal.

– Es tu cama- fue lo que dije.

– Yo te la ofrezco, es descortés que no aceptes- se recostó en el sillón – Buenas noches –

Me fui a la cama. El sueño me abandonó y sólo di vueltas en el colchón por algunas horas. Trataba de asimilar todo lo que había pasado cuando él entró a la habitación, se acostó a lado de mi bajo las sábanas y me abrazó atrayéndome a su calor.

-No quiero dormir solo – dijo y dejé que el sueño me inundara.

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