ficciones

El Asesinato de Julio Herrera. Capítulo 3

Por @joshtaverita

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Puntual como siempre. Faltaba un minuto para que dieran las ocho, la hora acordada para nuestra cita cuando el estridente sonido del timbre rompió el silencio del ambiente. Sería una noche especial.

Llegamos al evento. El automóvil que la televisora nos había enviado se detuvo frente a la alfombra roja. Al menos una docena de fotógrafos se agazaparon lanzando sus veloces flashes hacia la puerta. Ella se veía espectacular, sabía que daría de qué hablar. La tomé de la mano para ayudarla a salir, escuché los murmullos de los periodistas al verla y sentí los disparos luminosos intensificarse. Era la primera vez que ella se presentaba conmigo a un evento.

Las críticas fueron positivas como lo imaginé. Presentarla a los medios, a mis compañeros y equipo de producción me hacía sentir orgulloso. La amaba demasiado. Me sentía en paz. Ella era mi mayor logro.

La noche marchaba bien. Ella parecía divertirse, a pesar de su sempiterna seriedad, su semblante severo y sus ojos imperativos, sus labios habían adoptado una sonrisa luminosa y cálida que invitaba a los asistentes a acercarse con similar amabilidad.

Por unos minutos la perdí de vista o pudieron ser horas, tal vez semanas que se volvieron meses, años y vida.

De repente sus ojos y su sonrisa eufórica me asaltaron.

-Divertida noche- dijo en tono dulce.

-Bastante, muy hermosa- no me refería a la noche.

-Interesante elección de traje-

-¿A qué te refieres?-

-Azul brillante, entallado ¿tratas de hacerlo obvio?-

-¿Qué cosa?-

-Ya sabes… que eres gay- ¿Qué acaba de decir?

-No soy gay, señorita.-

-No hay nada de que avergonzarse, en esta época ya nadie te juzga-

-Realmente no soy gay, incluso vengo con mi novia-

-¡oh! Lo siento, yo solo pensé…lo siento- sus mejillas se ruborizaron.

-No hay de que preocuparse-

-Tal vez…debería seguir atendiendo- y se alejó apresuradamente tropezando con uno de los invitados al macharse.

¿Quién era ella?

La velada siguió su curso. Los invitados intoxicados por las, siempre llenas, copas de alcohol empezaban a retirarse, evitando a toda costa a los camarógrafos que en parvada aguardaban fuera del edificio, nadie quiere ser la portada escandalosa de las revistas que se nutren de los momentos más humanos de los artistas.

Mi mente viajaba distraída entre el mar de gente restante, cara por cara, cuerpo por cuerpo, buscaba entre la multitud la sonrisa alocada, la única que eclipsaba el sol que sostenía en mi mano.

Fue inútil buscar. El salón estaba casi vacío y no había rastro de su huracán, empezaba a creer que me estaba volviendo loco y ella sólo había sido una alucinación bastante elaborada de mi mente.

-Vámonos amor- me susurró al oído.

Le di un beso en la frente, algo que era común entre nosotros y nos encaminamos a la puerta. Diversas personas nos bloqueaban el camino al andar, despidiéndose de nosotros, reconociendo la belleza del universo que llevaba de la mano. Por un segundo sentí la necesidad de voltear en dirección contraria, esa sensación de una mirada traspasándote. Me topé con sus ojos oscuros y misteriosos, una media sonrisa torció sus labios y desapareció detrás de la puerta de la cocina. Tomé una decisión.

Solté mi mundo con el pretexto de acudir al baño, ella se encaminaría al automóvil y yo al infierno. Corrí tras el diablo tentador, internándome más allá de los límites permitidos. Una docena de miradas se clavaron sobre mi, el cálido olor a comida perfumaba el aire, mi corazón latía al ritmo del aleteo de un colibrí. Ahí estaba, semioculta entre la multitud, su cuerpo tomó la postura de huída cuando me acerqué a ella.

-Espera- le grité con todo el aliento que me quedaba. Ella corrió en sentido opuesto, apresuraba el paso entre las personas. Yo trataba de acortar la distancia un paso a la vez –Espera, por favor- la súplica no hizo efecto.

Llegó a su fin, no había otro lugar a donde huir a no ser que corriera en dirección mía y me atravesara.

-Lo siento, de verdad lo lamento…no era mi intención ofenderlo- su voz sonaba angustiada.

-No me ofendiste, en serio-

-Por favor, señor, regrese con su novia-

-Eso intento, pero en mi mente… necesitaba verte-

-Por favor, no haga esto señor-

-Llámame Julio-

-No quiero generar conflicto-

-Ya lo has hecho-

-Retírese- la exigencia tomó fuerza

-Dime tu nombre-

-Señor, esto es bastante inapropiado, creo que ha tomado demasiado y es momento de que se vaya por su cuenta o me veré obligada a forzarlo- Amenazadoramente encantador.

-Sólo dime tu nombre- su pelo chino caía sobre su rostro cubriendo su expresión. Silencio. Las voces y ruidos de platos, cubiertos y vasos se habían extinto hace unos minutos.

En una mesa cercana se encontraba una pequeña libreta y un bolígrafo. Perfecto. Tomé los objetos y escribí mi nombre y número telefónico, con suerte ella llamaría.

-Dejaré esto aquí si te interesa- di vuelta y me retiré.

Afuera el frío se internalizó en mis pulmones incrementando el dolor en mi pecho. La puerta de nuestro coche estaba abierta y me interné con mi cielo para encaminarnos al paraíso. La noche en la ciudad es cautivadora, las luces de los edificios, la constante actividad, las calles sin tráfico automotriz. La noche en la ciudad es tranquila, casi se te olvidan las características representativas de la ciudad, características negativas como la sobrepoblación, contaminación e inseguridad. Por otro lado, la ciudad está llena de sorpresas, bosques, parques, monumentos, calles coloniales, museos, arte, multiculturalidad, en fin, un número ilimitado de opciones para pasar un buen rato con amigos, familia o pareja.

Me perdí en las estrellas del cielo y en las de mis recuerdos. Deseaba fervientemente que me llamara o que siquiera me enviara un mensaje.

-¿Estás bien?- me preguntó el universo.

-Sólo cansado- respondió el barro.

El hoyo negro de mi cabeza absorbía mis pensamientos. Algo se movió en mi bolsillo, mi celular vibró momentáneamente. Apurado saqué mi móvil y enfrenté el mensaje. Sólo una palabra escrita “Helena”.

Helena.

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