ficciones

La distancia no quiere que te vayas (ficción)

Los primeros rayos de sol comenzaron a asomarse a través de las persianas rosas y verdes intercaladas, que le daban un aspecto retro a la habitación. Los rayos danzaban lentamente mientras seguían los cantos de los pájaros que comenzaban a revolotear, hasta que llegaron finalmente a mi cara, lo que me hizo abrir los ojos y ver que aún seguía dormido. Su cara tenía un aspecto angelical, aunque esos ronquidos lo convertían prácticamente en una bestia.

No era la primera vez que pasaba la noche en mi cama, al principio contaba las veces que se había quedado a dormir conmigo, pero después de un tiempo decidí ya no llevar la cuenta porque no tenía ningún caso. El pelo alborotado le cubría los ojos y su brazo izquierdo seguía debajo de mi cabeza. Nunca había entendido cómo es que no se le dormía o lo quitaba porque se sentía incómodo. Todas las veces que habíamos amanecido juntos estaba así.

Me acerqué a su rostro y le di un beso de piquito en los labios que se encontraban ligeramente separados por su respiración. El ronquido cesó, pero él seguía inmóvil como una piedra. Levanté lentamente mi cabeza de su brazo para no despertarlo y me senté en la orilla de la cama. Su mano comenzó a caminar entre las sábanas hasta llegar a mi brazo izquierdo, como un depredador a punto de lanzarse hacia su presa, y me jaló para regresar de vuelta a la cama. Era inevitable luchar contra una fuerza de amor que no quiere que te separes de él.

Me acosté nuevamente  en el mismo lugar que había estado segundos atrás. Me gustaba su cara de la mañana, llena de entusiasmo por la cosas que le iban a pasar durante el día. Me sonrío de oreja a oreja, yo le sonreí de vuelta. Puse mi mano sobre su cara, la moví un poco sobre su cachete y sentí su barba que picaba. Me acerqué hasta que nuestras bocas se acercaron y besaron, podía sentir el calor que emanaba y aunque es algo que no se puede medir, también podía sentir su amor.

Nos levantamos de la cama y nos juntamos con nuestros cuerpos desnudos frente a la ventana para abrir las persianas y ver el amanecer. Un amanecer que nos marcaba un nuevo día y una nueva despedida.

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