ficciones

Terror en el Pabellón 505

En el antiguo pabellón de pediatría, con el frío en los huesos, escribo mi testimonio de la aparición del fantasma del 505.

La noche marchaba bien, pocos pacientes en piso y sólo estábamos la enfermera en turno y yo, una mujer de unos cincuenta años que había trabajado en la institución alrededor de treinta años. Su cabello se había blanqueado, pero su cara tenía una vitalidad de una mujer de 30, su voz era dulce, muy apropiada para ser enfermera de niños.
Era pasada la una de la mañana y nos preparábamos para dormir en las dos viejas y roídas camillas en una de las habitaciones abandonadas.
Permítame el lector describir el cuarto desde la pobre visión de este hombre. La luz que bañaba la habitación provenía del exterior, hace algunos meses que la sección había sido desocupada para trasladar el servicio al nuevo edificio, la joya del hospital, una torre de apenas cinco pisos y poco más de 100 camas que se alzaba majestuosamente justo a la mitad del terreno, soberbia y frívola, opacaba el resto de las construcciones. Al mudarse el servicio a ese bello monumento, la electricidad de la mitad oeste del pabellón se había interrumpido, ahorro en gastos inútiles, justificaba el director.
El ala este contaba aún con una habitación de seis camas donde permanecían internados la misma cantidad de niños, una oficina con un antiguo escritorio metálico y una destartalada mesa de exploración que llenaba el ambiente con un penetrante olor a moho. En esa paupérrima oficina permanecíamos en el día y, llegada la noche nos trasladamos al ala oeste para descansar.
Escogimos la primera habitación del pasillo y tomamos nuestro lugar en las camillas. Como ya mencioné, nos guiábamos por la luz exterior. Se alcanzaba a apreciar las paredes despintadas y el techo agrietado que daba la apariencia de que con algún movimiento telúrico mínimo se caería sobre nuestros cuerpos dormidos.
Un llanto me despertó en la noche, provenía de la habitación ocupada en el ala este del pabellón. Para mi sorpresa, al voltear a mi derecha no encontré a la enfermera, supuse que había ido a checar al paciente. Me levanté perezosamente y caminé hacia la sala. La luz estaba encendida y los familiares aguardaban en el pasillo. Pasé entre ellos con un simple “buenos días” y me adentré en el cuarto. La enfermera se hallaba revisando el brazo de una de las niñas, había sangre en la sábana blanca y en el piso. En la esquina, el niño más pequeño de apenas cinco años, temblaba debajo de la cobija. Me acerqué a la niña y la observé a los ojos, sus pupilas no reaccionaban a la luz, su boca permanentemente abierta emitía un quejido ligeramente audible.
– ¿Qué ha pasado? – pregunté a la enfermera.
– Caminó dormida y se arrancó la vía venosa, el dolor le ha hecho despertar y se ha puesto a llorar – contestó.
Me dirigí nuevamente al pasillo y le pedí a la mamá de la paciente que me relatara lo sucedido.
– Estaba muy inquieta – me dijo asustada – se movía mucho dormida, algo que no hace habitualmente, en un momento se levantó de la cama y empezó a hablar dormida, decía “ya voy mamá” y yo le contestaba “¿a dónde? si aquí estoy” – el llanto empezó a cortar la voz de mi entrevistada. – Empezó a correr hacia el pasillo y se arrancó la vía, después de eso se tiró al suelo y comenzó a llorar. No supe qué hacer – el llanto ahogó esas últimas palabras.
La enfermera salió e indicó a los familiares que pasaran al cuarto, en su mano traía las sábanas manchadas, lo que aumentaba la tensión de la situación. Ingresé también y me aproximé a la protagonista del drama.
La hallé más consciente, sus pupilas habían regresado a la normalidad y se instaló en su mirada una sombra de miedo.
– ¿Qué te pasó? – pregunté realmente consternado por el relato que me había hecho su madre.
– Quería ir con mi mamá – me contestó en voz baja y con un atisbo de confusión.
– Pero ella estaba al lado de ti –
– Yo la escuché llamarme desde el pasillo – la preocupación se apoderó de su voz – créame, no estoy loca –
– Te creo – le dije. Y por extraño que pareciera, realmente le creía.
La mamá del pequeño de 5 años aún trataba de convencerlo que saliera de debajo de la cobija.
– ¿Qué pasa chaparro? – le pregunté – ¿De qué tienes miedo? –
– Yo también – me contestó entre sollozos – Yo también escuché a mi mamá llamarme – la madre del pequeño llevó sus manos a su boca intentando contener un grito histérico.
– No tienes nada que temer – le mentí – aquí estamos nosotros cuidándote.
– Fue ella –
– ¿Quién es ella? –
– La mamá de Juan – contestó llorando.
Juan. ¿Quién era Juan? De todos los niños de esa sala, ninguno se llamaba así. Recordé en ese instante una vieja historia de terror que nos contaron cuando recién entramos al hospital, pero por más que esforzaba mi cerebro para que recordara, no podía accesar a esa pequeña información, quizá porque nunca creí esa historia. Se cuentan muchas cosas en los hospitales, de las cuales la mitad son cuentos para asustar a los nuevos y la otra mitad, son historias que ocurren en todos los hospitales. Así tres hospitales juraban estar embrujados por la planchada, una enfermera fantasma.
Una vez tranquilizado el niño y la madre, regresé a la oficina donde la enfermera sacaba de una viejo mueble, un par de sábanas limpias.
– El niño de la cama 47 dice que fue la mamá de Juan – le comenté.
– No es la primera vez que ocurre algo así doctor – me contestó en tono serio – las historias de terror de este hospital no se deben tomar tan a la ligera. –
– Alguna vez escuché esa historia, pero no recuerdo de qué se trataba – confesé.
– Juan fue un niño que entró en este pabellón hace muchos años – comenzó a explicar – El pronóstico de Juan era incierto, muchos doctores decían que no sobreviviría, pero su madre estaba esperanzada en que sanaría. Una noche Juan empeoró, fue un día muy duro para todos. Su mamá desesperada suplicaba a los médicos que hicieran todo lo posible para salvar a su hijo, pero ellos decidieron suspender todo tratamiento ante la baja posibilidad de una recuperación. La noche siguiente, un niño de la sala desapareció y milagrosamente Juan comenzó a recuperarse. Dos días después encontraron el cuerpo del niño desaparecido en los botes de basura que se hallaban fuera del pabellón. Muchos dicen que la mamá de Juan sacrificó al otro niño para darle vida a su hijo. Por eso los otros padres la agredieron, le gritaban cosas horribles a ella y uno de ellos desconectó las máquinas que mantenían estable a Juan. Él murió a las pocas horas. La mamá de Juan, triste y desesperada, entró al pabellón y se ahorcó en el baño de pacientes. Desde entonces dicen que su fantasma se aparece algunas noches y les roba el alma a los niños para tratar de salvar a su hijo. –
– Es una historia absurda ¿no cree? – exclamé – Su hijo ya falleció, qué le va salvar.
– Usted no sabe cómo es el otro mundo doctor. Dicen que un alma que se halla en un cuerpo enfermo, cuando se libera del plano físico continúa enferma por toda la eternidad.-
No podía creer lo que esta mujer me estaba diciendo. En la facultad de medicina nos enseñan los procesos biológicos, físicos y químicos del binomio salud – enfermedad. No ahondamos en la parte metafísica del ser. Sin embargo, sí recuerdo mis clases de religión, a las cuales fui obligado a asistir cuando era niño. El alma es una energía proveniente de Dios, que está hecha a su imagen y semejanza, lo cual la vuelve trascendental y pura.
Con este argumento, la idea de un alma enferma no entraba en mi cabeza. Dejé a la enfermera terminar su trabajo y, una vez que la cama estaba limpia y los niños habían vuelto a dormir, me dirigí nuevamente a la cama. Me dormí pensando en las palabras de la enfermera. Un alma enferma  de un niño y una madre fantasma robando almas a niños más sanos para prolongar la existencia de su hijo. Ante lo absurdo de la idea me sumergí en un sutil sueño. Eran pasadas las 4 de la mañana cuando por alguna razón desconocida interrumpí mi descanso y abrí los ojos a una densa oscuridad. Permanecí contemplando el desvalido techo. A mi lado, la camilla contigua se encontraba vacía, la enfermera no había regresado a dormir. Era la hora en la que muchos de los medicamentos de los pacientes debían ser administrados.
Unos minutos más de sueño eran lo único que pedía, así que cerré mis ojos y pensé en las actividades del día siguiente y en las indicaciones que debía hacer antes de que la jefa de servicio pasara a revisar. No me dejé agobiar por el trabajo y me relajé. Habían pasado apenas unos segundos cuando una fría mano me tocó el brazo. Me levanté exaltado y volteé a mi alrededor. Parado en la puerta se hallaba el pequeño de 5 años que con miedo permaneció oculto debajo de las sábanas. Sus ojos se veían opacos y una inusual aura gris rodeaba su cuerpo.
– Le dije – habló en tono sepulcral – le dije que había sido la mamá de Juan – y se echó a correr por el pasillo, hacia los cuartos más alejados del ala oeste. Impresionado por semejante aparición, me levanté de la cama de un salto y perseguí al pequeño por el pasillo hasta la última sala donde desapareció al cruzar la puerta.
La imagen que ante mis ojos se observaba no tenía explicación lógica.
Alumbrado por apenas un rayo de luz de la lámpara del exterior, se observaba un monstruo con el cuerpo del niño pequeño en su mano, su boca llena estaba de sangre y sus ojos tenían un negro profundo. En su boca se dibujaba una sonrisa espectral y a su lado un niño de unos 7 años disfrutaba con gozo el regalo de la criatura demoniaca.
Una criatura extraída del infierno dantesco disfrazado de una mujer angelical. Disfrazado de la enfermera del pabellón 505.

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