ficciones

El juego de las manos y miradas (ficción)

Por Artur.

SELLO

Sabía que no estaba siendo puntual, volvió a mirar su relój con la esperanza de que se diera cuenta que había visto mal la hora, pero no, faltaban exactamente 20 minutos para que su entrevista comenzara. Iba a ser una muy mala imagen si llegaba tarde y seguramente eso iba a provocar que no obtuviera el trabajo. Andrea bajó apresuradamente las escaleras para tomar el metro, a tres escalones antes de llegar al piso dio un salto, como si se tratara de una carrera de obstáculos en tacones. Se abrió paso entre la gente porque sabía que si no hacía eso iba a perder la entrevista, para la cual se había preparado mucho, o eso creía ella. Asomó su cabeza hacia el túnel y vio que el metro venía hacia ella, dio un paso atrás para que no fuera arrollada y evitar aparecer en la nota roja del próximo día. Podía sentir cómo el aire hacia que su cabello tapara su cara, menos mal que ese día se había aplicado la crema anti frizz para evitar ese tipo de situaciones. Las puertas se abrieron de par en par y comenzó a bajar la gente que se quedaba en esa estación. Apresuradamente logró entrar y se sostuvo del primer tubo vertical que estaba en la entrada.”Solamente son cuatro estaciones, obviamente vas a llegar” – eran las palabras que se repetían en su cabeza una y otra vez. Las puertas del metro se cerraron y comenzó el viaje contra el tiempo.

Tenoch tomaba su café tranquilamente, dio el último sorbo y depositó el vaso en la basura de la estación Emiliano Zapata. Miró el viejo relój de mano que le había heredado su abuelo, las cintas eran de un cuero muy desgastado, pero a él no le importaba. Había aprendido a no darle importancia a detalles insignificantes y ese era un de esos. La hora marcaba 08:42, bajó el brazo y dirigió la mirada hacia los lados, llamó su atención una joven que tenía una cuchara y que por alguna extraña razón se la ponía en los ojos y hacia movimientos extraños en sus pestañas. Volteó hacia el otro lado y vio a un joven tomándose una selfie mientras sacaba la lengua. Tenoch confirmó su teoría de que en el metro podían haber muchas cosas extrañas y sobrenaturales. Dirigió su mirada hacia el túnel y vio que los vagones se dirigían hacia él. Dio un paso hacia adelante, sin cruzar la línea amarilla. Las puertas se abrieron, Tenoch esperó a que alguien bajara pero nadie lo hizo, así que entró y se sostuvo del primer tubo en la entrada. Su mano rozó ligeramente la de una chica que tenía el cabello alborotado y una cara de completa angustia.

En el instante en que la mano de Tenoch rozó la de Andrea, esta lo volteó a ver. Tenoch tenía la mirada perdida hacia la ventana y su respiración era muy acelerada. De pequeño se había quedado atrapado en un elevador cuando estaba de vacaciones en Acapulco, y debido a ese trauma de la infancia, le tenía miedo a los lugares encerrados. “Solamente son cuatro estaciones” – eran las palabras que Tenoch repetía en su cabeza una y otra vez. Las manos de ambos se encontraban a 4 cm de distancia, igual que el número de estaciones que cada uno iba a recorrer esa mañana. Tenoch retiró su mano del tubo para secarse el sudor en el pantalón, regresó su mano al sitio en el que se encontraba, pero sin darse cuenta la puso sobre la de Andrea. Esta vez ambas miradas se encontraron, Tenoch susurró una disculpa, mientras una gota de sudor se deslizaba sobre su frente y movía su mano hacia arriba, sujetándose más fuerte. Andrea cerró los ojos por un segundo y asintió, confirmando que aceptaba su disculpa, aunque realmente no era necesaria una disculpa. El metro llegó a la siguiente estación y subieron cuatro señoras y tres señores. Todos comenzaron a apretarse, Tenoch sentía que no podía respirar, así que cerró los ojos por un momento para tranquilizarse. Odiaba no poder moverse, era su peor pesadilla. Andrea lo observaba detenidamente y veía al pobre hombre sufrir por dentro.

El tubo ya se había llenado de muchas manos y había obligado a que las de ambos se encontraran nuevamente a escasos centímetros. Al abrir los ojos, Tenoch vio que Andrea lo estaba observando detenidamente, ella por su parte al percatarse de haber sido descubierta, dirigió su mirada hacia la puerta, tratando de disimular el interés que le causaba su agonía. Llegaron a otra estación y las cuatro señoras y los tres señores salieron disparados del vagón en diferentes direcciones. Nadie subió en esa estación. A pesar de que ya había espacio suficiente en el tubo, ninguno de los dos movió su mano. Tenoch deslizó su mano hacia abajo hasta llegar a tocar la de Andrea. Ella pareció no incomodarse, podía sentir el calor de aquél hombre, ese calor que emanaba su mano por un trauma de la infancia y que seguramente iba a estar con él hasta los últimos días de su vida. Andrea sentía la mirada de él, así que dirigió sus ojos para que encontraran los suyos y le regaló una sonrisa, mientras hacía esto pensó que seguramente ese hombre había pedido que su cuerpo fuera incinerado para que no permaneciera por siempre en un ataúd. Tenoch, por su parte, le regresó la sonrisa, sólo que la de él incluía dientes. Al hacer esto se percató de las pestañas de Andrea y la imaginó haciendo movimientos extraños con la cuchara, una cuchara que seguramente debía estar en su bolso. Las miradas y manos de ambos permanecieron así por un instante.

El metro llegó a otra estación y frenó de golpe, las manos de ambos que habían permanecido en anonimato, se sujetaron del tubo y por coincidencia o azares del destino, habían escogido el mismo punto para sujetarse. Tenoch sonrió nuevamente a Andrea, quien inmediatamente y sin pensarlo le regresó la sonrisa. El metro se detuvo completamente y las puertas se abrieron. Las manos de Andrea se soltaron del tubo y los pies tomaron el papel antagónico, eran los culpables de que ella se marchara de ahí. Tenoch siguió con la mirada a Andrea, quien ya no tenía la mirada sobre él. Ella caminó lentamente mientras el metro hacia ese sonido que indicaba que las puertas se iban a cerrar. Andrea se detuvo, volteó hacia la entrada y su mirada se encontró con la de Tenoch, quien soltó una de sus manos del tubo para agitarla y moverla hacia los lados para despedirse. Ella por su parte, levantó rápidamente su mano y le regresó la despedida. Las puertas se cerraron. Ni sus ojos ni sus manos se iban a volver a encontrar, el metro salió disparado y Andrea se quedó contemplando como se perdía en la oscuridad del túnel. Miró el relój y faltaban 5 minutos para su entrevista. Subió las escaleras rápidamente, era la última parte de esa prueba de obstáculos. Pasó deprisa por los puestos de revistas y la pizzas miniatura que vendían dentro de la estación. Observó el letrero de salida y subió nuevamente las escaleras, únicamente era una cuadra para llegar a su destino.

Tenoch había olvidado por un momento su fobia a los lugares encerrados, se encontraba pensando en Andrea, a quien nunca iba a volver a ver. El metro se detuvo en la estación y las puertas se abrieron. Tenoch salió lentamente, se detuvo y escuchó como las puertas se cerraban y el metro daba marcha nuevamente a su viaje. Volteó y vio como desaparecía al entrar al túnel. La agonía había terminado, podía respirar, aunque en aquella ocasión hubiera dado lo que fuera porque esa agonía no hubiera sido tan breve.

#DUPLO300

Final alternativo

Andrea abrió su bolso y mientras estaba en la fila, metió la mano para sacar de su cartera la tarjeta del metro y 50 pesos. Llegó su turno y deslizó la tarjeta y el dinero sobre la ventanilla, le indicó a la señora malhumorada que quería recargarla con todo el dinero. La señora no sonreía, quizás porque estaba cansada de tanto sonreír o había tenido un mal día, a pesar de eso Andrea le dio las gracias y le deseó un buen día porque así era como le habían enseñado sus padres que hiciera y ya era un hábito. Caminó lentamente hasta llegar al puesto de revistas, le encantaba pararse y contemplar los ejemplares de la revista en la que trabajaba. Su entrevista había sido tres meses atrás y había logrado ganarle a otras 15 chicas que se habían postulado. Miró el número nuevo, en la portada estaba una actriz mexicana de una película que estaba próxima a estrenarse y que triunfaba en una serie de televisión norteamericana. Siguió su camino hasta llegar a las escaleras eléctricas y se puso en el lado derecho para que las personas que tenían prisa pudieran ir a su ritmo acelerado en el lado izquierdo. Caminó hacia el andén y escuchó que el metro había llegado, sujetó su bolso con fuerza y caminó más rápido. La gente comenzó a acelerarse para querer subir al vagón y algunos comenzaron a correr. Esta adrenalina contagió a Andrea e inmediatamente comenzó a correr, pero el metro comenzó a emitir ese sonidito indicando que las puertas se iban a cerrar.

La gente comenzó a amontonarse, ya no había espacio para un alma más y las puertas se cerraron. Andrea jadeó un poco, su corazón estaba agitado por haber corrido unos cuantos metros. Se detuvo, cerró los ojos y respiro profundo. Si hubiera entrado con toda esa gente en el vagón, le hubiera costado más trabajo respirar porque habría menos oxígeno y estaría apachurrada sin poder moverse. Abrió los ojos y vio el relój de lucecitas rojas que marcaban las 08:04 pm. Era la primera vez en tres meses que salía tan tarde del trabajo, su hora de salida era normalmente a las 6 ó las 6:30, pero ese día había tenido una reunión que se había extendido debido a un sismo que los había obligado a evacuar el edificio. Repasó en su cabeza lo que tenía que hacer al llegar a su casa, darle de comer a su perrita Mérida, sacar la basura y leer unas notas. El metro comenzaba a aproximarse y nuevamente sujetó su bolso con fuerza. Desde pequeña tenía un juego con sus padres cuando viajaban en metro, éste consistía en que ella se debía posicionar en una parte del andén y la puerta del metro tenía que quedar justamente frente a ella. Después de tantos años de práctica ya era toda una experta para calcular la posición exacta y a pesar de que sus papás no estuvieran en ese momento, ella los sentía ahí asombrándose por atinarle.

El metro se paró y la puerta quedó justamente frente a Andrea. Se hizo a un lado para que los pasajeros salieran y ella pudiera entrar junto con 5 personas más. Al estar dentro vio cómo las puertas se cerraban de golpe y la gente que venía corriendo se detenía con una cara de decepción y algunos otros de enojo. Se sujetó del tubo vertical más próximo y centró su atención en su reflejo sobre el cristal y en la gente que estaba detrás de ella.

El metro comenzó a avanzar y Tenoch nuevamente cerró los ojos, únicamente faltaban tres estaciones para llegar a casa. Respiró profundo y los abrió nuevamente, trató de pensar en otras cosas para distraerse y no pensar en su fobia, vinieron a su mente los planos del estacionamiento que estaba diseñando para un centro comercial. Su cabeza comenzó a llenarse de números, líneas, puntos y coordenadas. Un bebé que estaba frente a él comenzó a llorar y todos esos pensamientos laborales se esfumaron para recordarle en donde se encontraba. Miró el mapa de las estaciones y trató de enfocarse en él. Le llamaba mucho la atención las figuritas que adornaban las estaciones, por ejemplo, en el caso de la estación Emiliano Zapata, sabía que era él por el sombrero y bigote a pesar de que no tuviera ojos. “¿A dónde se habían ido los ojos?” “¿Dónde estaba su mirada?”, sonrió un poco por lo absurdo de sus pensamientos y miró al bebé que tenía enfrente, quien le estaba sonriendo y que seguramente le había leído el pensamiento acerca de las figuritas.

El metro paró nuevamente y el bebé junto con sus padres formaron parte de los pasajeros que se marchaban. Las puertas se abrieron y Tenoch vio como el bebé estaba entusiasmado. Pensó en que quisiera regresar el tiempo y nunca haber quedado encerrado en ese elevador. Le habría ahorrado muchas angustias en su adolescencia y en su vida adulta. Entraron 15 personas y Tenoch volvió a cerrar los ojos, sólo que esta vez era más difícil poque no podía concentrarse al sentirse inmóvil. Se movió un poco y con muchos “con permiso” se dirigió hacia la otra puerta del lado izquierdo en el que había más espacio. Al llegar se sostuvo del tubo vertical e inhaló y exhaló con dificultad.

Andrea revisaba las notas que había hecho en la reunión, cuando de repente una respiración detrás de ella la distrajo. Primero pensó que podía tratarse de alguien que tenía gripe y la podía contagiar, así que dio un paso adelante y siguió leyendo sus notas. El metro nuevamente se detuvo y se abrieron sus puertas, nadie salió ni entro en esa parte del vagón. Solamente faltaba una estación para que Tenoch bajara y esto lo entusiasmaba. Las puertas se cerraron y el metro siguió su marcha. Andrea sujetaba con su mano derecha el tubo vertical próximo a la puerta y Tenoch sujetaba el mismo tubo también con su mano derecha, ambas manos se encontraban a escasos centímetros. Por la cabeza de Tenoch pasaban muchos pensamientos que pudieran distraerlo por poco más de un minuto. Recordó la primera vez que había viajado en metro con sus padres y lo asombrado que estaba de que éste se encontrara debajo de la tierra. En esa ocasión sus papás le habían dicho que no se soltara de sus manos porque muchas veces había gente que se dedicaba a robar niños ahí. Tenoch muy obediente jamás se soltó, hasta que tuvo la edad y capacidad física para poder defenderse de los robachicos, aunque seguramente ya no lo querrían porque ya no estaba chico.

El metro se detuvo y la mano sudada de Tenoch se soltó del tubo, esto provocó que chocara contra Andrea, quien profirió un “ush”. Tenoch regresó su mano al tubo pero sin darse cuenta rozó con la de Andrea, quien inmediatamente la movió hacia abajo sin siquiera voltear a verlo. Tenoch exclamó un “lo siento”, el cual fue ignorado mientras las puertas del metro se abrían. Tenoch salió del vagón, se detuvo por un instante y volteó hacia la puerta, tenía una extraña sensación familiar. Andrea dejó de leer sus notas para ver el rostro de la persona que la había empujado. Sus miradas se encontraron nuevamente y ambos compartieron una sonrisa. A pesar de que habían pasado algunos meses y que no se conocían, no se habían olvidado por completo. El metro emitió el sonido indicando que las puertas se iban a cerrar. Esos segundos fueron eternos, sin pensarlo dos veces, Tenoch volvió a entrar al vagón de un salto.

El juego de las manos y miradas había terminado.

FIN

 

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