ficciones

La noche que desconocí a tu corazón (relato)

Por Artur.

Basado en una historia real.

Cerró la puerta del auto, mientras yo veía como se alejaba caminando sobre la acera, dándome la espalda y perdiéndose en la oscuridad. Sabía que había un problema en él, pero no creía que fuera tan grave. El dolor que sentía en el corazón se extendía por todo mi cuerpo, comenzando a manifestarse en mis ojos y finalmente una lágrimas se escurrieron sobre mis mejillas. Yo no era el que tenía un problema, era él. Se podría decir que se aplicaba en este caso “No soy yo, eres tú”. Dejé de sostener el volante y me sequé las lágrimas, tenía que manejar a casa.

El semáforo se puso en rojo y no podía dejar de pensar en lo que había ocurrido, era la primera vez que me partían el corazón y de una manera muy desagradable y desgarradora. El dolor seguía ahí dentro de mí. Me miré en el espejo y vi mi aspecto, se notaba que había estado llorando. Pensé en que quizás las cosas suceden por algo y no era el momento para ambos. Era el último semestre de mi carrera, lo había visto caminar en los pasillos, lo había visto sonreír, me había acostumbrado a él. Pero él no se acostumbró a mí. El dolor se había hecho menor, pero seguía ahí, así que me propuse curar mis sentimientos con lo que la gente siempre lo cura, tomando alcohol.

Di la vuelta en la esquina y me encontré en la calle principal, ahí había un OXXO en el cual podría comprar una dotación de alcohol (no una gran dotación pero si por lo menos una botella de algo) para aliviar mi dolor. En primer lugar, yo no tomo nada de alcohol, pero para esa ocasión iba a hacer una excepción. Me bajé del auto y me sequé nuevamente las lágrimas. Esperaba que mis ojos no se vieran tan hinchados. Entré y una señora se encontraba en la caja. Me dirigí a los refrigeradores donde siempre están las cervezas, el vodka y todas esas bebidas embriagantes, pero no encontraba nada. Le di 2 vueltas al pasillo de los refrigeradores y no vi señal alguna de la medicina del dolor. Me pareció muy extraño eso, así que me dirigí con la cajera y le pregunté sobre la ubicación de las bebidas alcohólicas. Ella contestó que en ese establecimiento no vendían ese tipo de bebidas porque había muchas escuelas alrededor y la zona era muy familiar. Traté de no hacer cara de decepción y me dirigí nuevamente a los refrigeradores, tenía que haber algo que me llenara ese vacío interno. Tomé un refresco peñafiel de manzanita y unas papas sabritas, no era lo que esperaba pero por lo menos iban a llenar el vacío de mi estómago.

Llegué a casa y me tumbé en la cama, seguí pensando en lo que acababa de pasar esa noche mientras le daba sorbos a mi resfresco. Comencé a llorar de nuevo hasta que quedé profundamente dormido.

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